Treinta años después, la hazaña no sigue siendo impresionante. Una tarde como la de este 5 de mayo, el mejor equipo de Gimnasia de tods los tiempos lograba lo que nadie pudo antes y después: hacerle seis goles a Boca y humillarlo ante su propia gente, en la Bomnonera.
Aquel notable 6 a 0, con un Guillermo Baros Schelotto en su mejor versión histórica, se empezó a gestar mucho antes de esa impresionante tarde en el barrio de la Boca
“Vamos a cambiar. Tenemos que ser mucho más dinámicos, agresivos. Hay que convencerse de que no visitaremos la Bombonera para sacar un empate. Nos interesa un punto en la medida en que el partido venga torcido, porque está claro que nosotros no despreciamos nada. La victoria no es algo lejano y menos imposible. Esto métanselo en la cabeza. Además, es cierto que juega Caniggia, pero no va a estar Maradona. Si desarrollamos bien lo que pensamos, podemos dar el golpe. Eso sí: hay que enchufarse con todo, porque de lo contrario, somos boleta…”
Las palabras que pronunció Carlos Timoteo Griguol, el jueves previo a la hazaña en Estancia Chica, después de la rutina de entrenamiento, marcó un decisivo punto de inflexión. Gimnasia miraba su visita a la remozada Bombonera sin ojos de temor. Hasta ese jueves, parecía adivinarse que el planteo del partido no iba a transitar por una respuesta táctica audaz. Incluso, Griguol no se había mostrado satisfecho con el desempeño individual y colectivo del equipo. Le reclamaba al plantel más entrega, mayor atención y una dosis superior de esfuerzo para coordinar la presión sostenida en base a una gran solidaridad.
Y vaya si pasaron cosas en la Bombonera. Un cuarto de hora para adelantar la masacre futbolera. Dos goles de Guillermo que denunciaron las inusuales franquicias que dispuso, y su simpleza y categoría para quebrar la resistencia de Navarro Montoya, quien sigue sin alcanzar el nivel que lo distinguió. “No es que ellos entraron dormidos o algo por el estilo. El tema es que nosotros los sorprendimos. Los apuramos en defensa, les ganamos la pelota y Boca, cuando no la tiene, no encuentra las posiciones ni las marcas”.
Atrás se había recortado una semana distinta. La situación que podría atravesar Alberto José Márcico, en su anunciado regreso a la Bombonera, activó la incertidumbre del propio Beto y del cuerpo técnico. También su grupo de pertenencia -en el que se encuentran los mellizos- sintió los efectos del microclima que suelen acompañar a estas anécdotas con un fuerte contenido emocional.
El partido no tuvo equivalencias desde el vamos. El Lobo le sacó la pelota, la manejó con pasmosa efectividad y lujo, y le fue creando una situación tras otra.
La realidad es que la diferencia entre un equipo y otro fue abismal. Los goles llegaron por decantación, ya que la superioridad futbolística entre un equipo y otro no tuvo equivalencias. El Lobo ganó el partido de punta a punta y desplegó un espectáculo de fútbol y goles pocas veces visto en uno de los campos más difíciles del país.

El tercero de Guillermo, el cuarto de Gimnasia, resultó de esa pequeña sociedad que tejió con el Beto, probablemente el único jugador rival al que la Bombonera aplaudió de pie después de hacerle un gol… ¡a Boca!
El baile que armó Gimnasia en la Boca contó con intérpretes que alumbraron la fiesta. La solvencia de Enzo Noce, el equilibrio de Andrés Yllana, el manejo del Pepe Albornoz, el toque filoso de Márcico, los goles de Guillermo Barros Schelotto. Pero delante del reflejo de un equipo vestido para seducir y matar que incorporó personalidad, contundencia y funcionamiento, se levanta la imagen de un hombre noble y austero: Carlos Timoteo Griguol. De él también fue esa goleada. Porque más allá de las sutilezas tácticas, había un profesional que seguía pidiendo cancha entre los gradndes. Y recitando el libro gordo del fútbol noble, como él mismo.

Aquella tarde, Gimnasia formó con Enzo Noce, Guillermo Sanguinetti, Jorge San Esteban y Ariel Pereyra; Gustavo Barros Schelotto, Guillermo Larrosa, Andrés Yllana, Alberto Márcico y Fabián Fernández; José Albornoz; Guillermo Barros Schelotto.
Por su lado, el Boca de Carlos Bilardo era un equipazo que alistó con Carlos Fernando Navarro Montoya; Nelson Vivas, Luis Medero, Néstor Fabbri y Carlos Mac Allister; José Basualdo, Fabián Carrizo y Cristian González; Juan Sebastián Verón; Sergio Martínez y Claudio Caniggia.
Fueron seis y pudieron haber sido dos o tres más tranquilamente. El recuerdo perdura. La historia está escrita. Y habrá que reescribir la letra del tango. Porque “treinta años no es nada…”




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