Uno sabe que estas cosas van a pasar. El problema es que saberlo no sirve para nada.
Este martes el Monumental estará lleno para mirar a Lionel Messi con la camiseta argentina quizá por última vez. Y habrá ochenta mil personas intentando hacer algo imposible: detener un reloj.
Pasaron más de veintiún años. Erá un 17 de Agosto del 2005, cuando en un partido ante Hungría, Lionel pisaba un campo de juego defendiendo la Celeste y Blanca con la Selección Mayor. Pasaron de aquél día hasta hoy 7.720 días.
Aquel pibe tímido, flaco, con el pelo largo, terminó levantando la Copa del Mundo mientras nosotros descubríamos que también se puede llorar abrazando a desconocidos.
En el medio pasó una vida.
Lo criticamos. Lo comparamos. Le exigimos que fuera Maradona hasta que entendimos que su grandeza consistía precisamente en no serlo. Se fue, volvió, perdió finales, ganó todo. Y un día dejó de perseguir nuestra aprobación porque ya éramos nosotros los que corríamos detrás de él.
Messi jugó en los estadios más grandes del planeta. Pero su verdadero estadio estuvo siempre en otro lado: en el chico que quiso la 10, en el padre que llamó al hijo para ver juntos una final, en el abuelo que alcanzó a verlo campeón.
Por eso este martes no se retira solamente un futbolista.
También empieza a despedirse una parte de nuestra propia vida.
Tal vez ésa sea la crueldad secreta de los ídolos: mientras ellos parecen eternos, nosotros envejecemos mirándolos.
Y cuando finalmente se van, comprendemos que aquellos goles que festejábamos,
no estaban venciendo rivales.
Estaban venciendo al tiempo.
Aunque fuera por un rato.
GRACIAS POR TANTÍSIMO LIONEL MESSI, SOS INMENSO, Y LO SERÁS PARA SIEMPRE !!




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