Bueno, finalmente apareció la tecnología que funciona rápido en el fútbol argentino: la suspensión del árbitro después de que terminó el partido.
A Vélez le anularon ante Riestra un gol que era gol. No uno de esos que necesitan siete líneas, cuatro arquitectos, un agrimensor y media hora mirando un hombro en posición adelantada. No. Era gol.
Nazareno Arasa lo anuló. Diego Ceballos estaba en el VAR, ese maravilloso invento creado para corregir errores evidentes que, cada tanto, consigue algo extraordinario: confirmarlos.
La Dirección Nacional de Arbitraje reaccionó rápido y apartó a ambos hasta completar la evaluación correspondiente.
Perfecto.
Ahora falta un detalle menor: ¿qué hacemos con Vélez?
Porque Arasa y Ceballos descansarán algunas fechas, serán evaluados, volverán y la rueda seguirá girando. Pero el gol no vuelve. El resultado tampoco cambia. Y los puntos, mucho menos.
Ahí está el pequeño problema de estas sanciones ejemplares: castigan al que se equivocó, pero no reparan al perjudicado.
El VAR llegó al fútbol prometiendo terminar con aquellas discusiones eternas del domingo a la noche. En cambio, consiguió modernizarlas. Antes puteábamos porque el árbitro había visto mal una jugada en un segundo. Ahora podemos putear porque varios tipos la vieron mal durante dos minutos, desde seis cámaras distintas y en cámara lenta.
Es progreso. Supongo.
Y mientras seguimos discutiendo protocolos, interpretaciones y evaluaciones, queda una certeza bastante incómoda:
A los árbitros los pueden parar.
Al partido, lamentablemente, nadie lo puede rebobinar.




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