El expendio de localidades para la final de la Copa Libertadores ante Palmeiras volvió a poner en discusión el modelo de organización del fútbol sudamericano. Con entradas de hasta US$ 340 y una venta de plateas abierta sin necesidad de ser socio, la pasión del hincha queda condicionada por su capacidad económica.

La ilusión de ver a Estudiantes de La Plata en una final de la Copa Libertadores debería ser una fiesta popular. Sin embargo, una vez más, la CONMEBOL parece olvidar que detrás de cada equipo hay miles de hinchas que hacen enormes esfuerzos para acompañarlo, muchas veces sacrificando ahorros, vacaciones y horas de trabajo.

Este lunes 2 de noviembre comenzó la venta de plateas para la final que el Pincha disputará ante Palmeiras el próximo 28 de noviembre en el estadio Centenario de Montevideo. Los precios oficiales son difíciles de ignorar: US$ 340 para la categoría 1 y US$ 250 para la categoría 2. Las populares, destinadas a las parcialidades de ambos equipos, tienen un valor anunciado de US$ 95.

Apenas unos minutos después de haberse habilitado el sistema de venta oficial, las plateas destinadas al público albirrojo comenzaron a figurar como totalmente agotadas, dejando a miles de hinchas sin la posibilidad de completar su compra.

Los simpatizantes expresaron su malestar ante la rapidez con la que desapareció el stock de entradas para la definición continental. Lo mismo ocurrió del lado de los simpatizantes de Palmeiras.

Al rato, de haberse “agotado” las plateas categoría 2 comenzaron a surgir páginas web ofreciendo diferentes categorías de entradas con precios “irrisorios”.

El problema no es solamente el precio. Es el mensaje que transmite una organización que pretende convertir la máxima competencia de clubes de Sudamérica en un espectáculo cada vez más exclusivo, mientras los hinchas son quienes sostienen la identidad y la historia de sus equipos.

Una final que no puede ser solamente para quienes pueden pagar

Para un hincha de Estudiantes, viajar a Montevideo implica mucho más que comprar una entrada. Hay que afrontar el traslado, el alojamiento, la comida y otros gastos que, en un contexto económico complejo, pueden transformar el sueño de acompañar al equipo en un esfuerzo financiero extraordinario.

En ese escenario, una platea de US$ 250 o US$ 340 representa una barrera importante. No todos pueden pagar esos valores, y mucho menos hacerlo sin conocer de antemano cuánto terminará costando el viaje completo.

La CONMEBOL podrá argumentar que se trata de una final continental y que existe una demanda extraordinaria. Pero la pregunta es inevitable: ¿hasta qué punto se puede elevar el costo de asistir a un partido sin dejar afuera a una parte de quienes le dan sentido al fútbol?

El socio, relegado en la venta de plateas

Otro aspecto cuestionable es que las plateas de categorías 1 y 2 se comercializan sin necesidad de acreditar la condición de socio de Estudiantes ni pasar por el ranking de la institución. En la categoría 2, los hinchas del Pincha cuentan con un sector específico de la tribuna Olímpica, mientras que las populares de US$ 95 se distribuyen mediante un sistema de prioridades para socios.

La diferencia genera una situación difícil de explicar desde la lógica de pertenencia a un club: el hincha que mantiene su cuota al día y acompaña al equipo durante todo el año puede quedar condicionado por un sistema de puntajes para conseguir una popular, mientras que las plateas se ofrecen mediante una venta abierta.

Es cierto que las categorías tienen precios y condiciones diferentes. Pero la CONMEBOL debería explicar con claridad cómo se distribuyen las localidades, qué criterios justifican cada modalidad y qué medidas se toman para garantizar un acceso razonable a quienes acompañaron al equipo durante toda la campaña.

La pasión no debería ser un privilegio

Estudiantes jugará en Montevideo una final que movilizará a toda La Plata. La expectativa es enorme y la demanda de entradas refleja la dimensión de un acontecimiento deportivo que trasciende lo estrictamente futbolístico.

Por eso, la organización de la final no puede limitarse a habilitar una plataforma de venta y publicar una lista de precios. También debe contemplar la realidad de los hinchas, ofrecer información transparente y procurar que el acceso al estadio no dependa exclusivamente del poder adquisitivo.

La CONMEBOL tiene la responsabilidad de organizar una competencia de primer nivel, pero también de respetar a quienes la hacen posible. El fútbol sudamericano se construyó en las tribunas, en los viajes interminables, en las banderas y en el sacrificio de generaciones de simpatizantes. No nació en los sectores VIP ni en los paquetes de hospitalidad.

La final de la Libertadores debería ser una celebración de la pasión popular, no una prueba de solvencia económica. Porque si acompañar al equipo de toda la vida se convierte en un lujo, el fútbol corre el riesgo de alejarse de quienes nunca dejaron de sostenerlo.

Y la CONMEBOL, que tanto habla de grandeza y prestigio continental, debería recordar una verdad elemental: sin los hinchas, la final será apenas un partido. Con ellos, se convierte en historia.

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