Por Juan Carlos Mezzelani
En este país donde el fútbol y el Turismo Carretera juntan multitudes como pocas pasiones populares, hay historias que merecen ser contadas más allá de la camiseta.
La de este Gimnasia es una de ellas.
Un equipo solidario, consciente de sus limitaciones, al que no le sobra nada.
Un plantel que muchas veces parece juntar chirolas para arrimar al peso, pero que encontró en la entrega una moneda valiosa. Venía de tiempos difíciles, de mirar el descenso de reojo, de técnicos con decisiones que más de una vez dejaron preguntas flotando en el aire.
Hasta que, entre búsquedas de nombres grandes y pergaminos supuestos, apareció Ariel “Pata” Pereyra.
Un hombre nacido en aquella vieja familia futbolera que supo construir Carlos Timoteo Griguol.
Le dieron una papa caliente.
Y el tipo, callado, sin estridencias, empezó a ganar. Uno, dos, tres… siete triunfos al hilo entre Liga y Copa Argentina.
Hace tres meses, ni el más optimista tripero imaginaba estar entre los ocho. Se logró. Después vino Vélez, de visitante, y también se pasó. Ahora espera River, que llegó raspando la olla ante San Lorenzo.
A no achicarse, Lobo.
Que la suerte acompañe, que el árbitro no tuerza la cancha y que este plantel unido siga demostrando que, a veces, el fútbol también regala milagros en pleno mayo.




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