Por Juan Carlos Mezzelani
El Beto… que acaba de dejar este plano nunca fue cómodo. Ni en escena ni afuera.
Tenía esa incomodidad necesaria, esa que te obliga a prestar atención.
Algo medio de Tato Bores cuando decidía decir lo que había que decir, y el alma al palo cuando te dejaba una emoción flotando, de esas que no se explican pero se sienten.
Era versátil, sí. Pero no en el sentido marketinero: en el sentido real. Podía hacerte reír, después bajarte a tierra y, sin avisar, hacerte pensar. O las tres cosas juntas.
Sus personajes no eran personajes: eran tipos posibles, creíbles, de esos que te cruzás en la vida. Y ahí está la clave. Luis Brandoni no actuaba para gustar.
Actuaba para que le creas. Y cuando eso pasa, no hay edad, caída o escenario que lo opaque.
Se fue peleando. Como vivió. Y eso —en un tiempo donde muchos eligen la comodidad— ya es una forma de quedar para siempre.
Buen viaje a ese tipo que con su arte, nos dijo un montón de cosas.




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