Por Juan Carlos Mezzelani
En este bendito país donde hay más directores técnicos que habitantes —y en Gimnasia esa proporción se duplica por decreto tácito— la sucesión de Fernando Zaniratto se convirtió en una especie de novela turca con olor a choripán de 60 y 118. Pasa de todo: suena Omar De Felippe pero la billetera hace “cric cric”; asoma la dupla Orsi-Gómez como si vinieran con copa incluida bajo el brazo; aparece Vaccari con su libreto serio; y en el segundo pelotón, Diego “Tornado” Alonso, que conoce el Bosque como quien sabe dónde cruje la tribuna.
Mientras tanto, en la tribuna virtual —ese Congreso paralelo llamado Twitter que me niego a llamar X— ya hay 20 técnicos confirmados… todos opinando desde el sillón.
Del otro lado, la dirigencia de Carlos Anacleto, que heredó un club con más fantasmas que empleados. 802, dicen. Reempadronamiento mediante, quedaron 600. Hagan la cuenta: el ajuste no fue metafórico. Cien millones de pascualitos por mes, se viene ahorrando la tesorería tripera (y me quedo recontra corto) que ya no se evaporan como ilusión de pretemporada, y que hace poco volaban a la basura y a la marchanta como las opiniones sobre la actualidad de Adorni.
Ahora bien: ordenar no es lo mismo que ganar. Y ahí aparece la impaciencia, ese deporte nacional. Algunos ya quieren la cabeza de Anacleto como si esto fuera delivery táctico.
Quizás convenga bajar un cambio. Exigir, sí. Desgarrarse en redes, no tanto. Porque al final, como diría un sabio de café, todo esto —proyectos, nombres, promesas— termina en lo mismo: si la pelota entra o no entra.
Y eso, señores… no lo decide Twitter. Ni siquiera la Fugazzoneta.

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