Por Pablo Amado

En nuestro país, hablar de comida es sinónimo de identidad. Y si bien la mesa nacional es diversa, hay un plato que se impone con claridad tanto en encuestas como en la práctica cotidiana: el asado. Más que una preparación culinaria, es un ritual social que combina fuego, carne, tiempo compartido y una liturgia propia que se repite de norte a sur.

El asado no solo se come: se organiza, se discute y se celebra. Hay un “asador” que oficia casi como director técnico, cortes que generan debate —tira, vacío, entraña— y un acompañamiento clásico que va desde ensaladas simples hasta el infaltable pan para el choripán de entrada. En un país con fuerte tradición ganadera, la carne vacuna sigue siendo un símbolo cultural de peso.

En la actualidad, donde el contexto económico marca una baja en el consumo, la carne vacuna no está exenta de ese ítem. La mayoría de los argentinos, la reemplaza por la porcina o el pollo.

Sin embargo, el mapa gastronómico argentino es mucho más amplio y revela una mezcla de herencias inmigrantes y tradiciones regionales. Entre los platos más elegidos aparece la milanesa, una adaptación local de raíces italianas que se convirtió en un infaltable de hogares y bodegones. Ya sea sola, en sándwich o “a la napolitana”, su popularidad atraviesa generaciones.

Otro clásico indiscutido son las empanadas, que expresan como pocos platos la diversidad del país. Tucumanas, salteñas, mendocinas o patagónicas: cada región imprime su sello en rellenos, masas y técnicas de cocción, convirtiéndolas en una verdadera geografía comestible.

En las grandes ciudades, especialmente en Buenos Aires, la pizza argentina ocupa un lugar central. Con una impronta propia —más alta, abundante en queso y con variedades como la fugazzeta— es protagonista de encuentros informales y salidas nocturnas.

En paralelo, la cocina criolla mantiene su vigencia con platos como el locro, especialmente en fechas patrias, donde tradición e historia se sirven en un mismo plato. Este guiso espeso, a base de maíz, carne y verduras, remite a las raíces más profundas de la gastronomía nacional.

Las pastas aparecen en el radar gastronómico de los argentinos. Los ñoquis (especialmente los días 29 de cada mes), ravioles, tallarines con tuco o estofado suelen ser clásicos de los domingos.

El ranking no estaría completo sin mencionar el costado dulce. El dulce de leche es, sin discusión, el sabor más representativo del país. Presente en postres, facturas, tortas y helados, es un emblema que trasciende fronteras.

Las medialunas, dulces o de manteca, son el infaltable en los desayunos y meriendas. Perfectas con un café o con mate, se pueden disfrutar en cualquier bar o panadería. Son símbolo de encuentro y calidez, y, junto al café con leche, son una de las combinaciones preferidas para empezar el día.

Más allá de las preferencias individuales, la comida en Argentina tiene un rasgo distintivo: su dimensión social. Comer no es solo alimentarse, sino reunirse, conversar y compartir.

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