Once canciones. Treinta y cuatro minutos. Y un disco que terminó cambiando la música contemporánea.
Ayer se cumplieron veinte años de la salida al mercado de “Back to Black“, el segundo álbum de Amy Winehouse. Un sonido orgullosamente retro, pleno de actitud moderna y una voz que parecía venir de otra época para contar dolores muy de ésta.
Grabado entre Nueva York y Miami, mezcló soul, jazz, girl groups y una crudeza emocional que todavía incomoda por lo verdadera.
Después llegaron “Rehab”, cinco Grammy, más de 20 millones de copias y una influencia que todavía se escucha.
Amy murió en 2011 sin editar otro álbum de estudio.
Veinte años después aparece una edición aniversario con demos, lados B y un show en Ámsterdam.
Pero lo esencial ya estaba ahí.
En esas once canciones quedó su voz, su herida, su talento y algo que el tiempo no pudo apagar.
Amy se fue.
Ese discazo que sigue siendo “Back to Black” no.
Para quedar en la historia, no siempre es necesario haber inventado un nuevo sonido. En una época marcada por los revivals, Amy Winehouse recuperó el clásico sonido del jazz y del soul, pero su mayor mérito fue que lo hizo con sus propias canciones. Dueña de una personalidad autodestructiva, el éxito la sobrepasó y acabó con su vida, pero gracias a ella surgió una nueva generación de intérpretes femeninas que fueron reconocidas como artistas por derecho propio y no como meros productos manipulados por la industria.




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