Por Juan Carlos Mezzelani
Hay fechas que no se recuerdan: se padecen otra vez. El 24 de marzo es una de ellas. Vuelve como un murmullo en la radio de la madrugada, como un eco que no termina de apagarse en la conciencia de un país que todavía se está explicando a sí mismo.
Muchos prefieren la versión más sencilla: la de los hombres de uniforme, los motores encendidos en la noche, los autos sin patente. Y sí, estaban. Pero quedarse ahí es como leer la mitad de un libro y jurar que se entendió el final. Porque detrás de cada bota hubo un zapato lustrado. Y detrás de cada orden, una firma.
No eran monstruos de película. Eran señores correctos, de voz baja, de sobremesa larga. Gente que no gritaba, pero decidía. Mientras unos ejecutaban el horror, otros lo redactaban en papel membretado. Y en esa prosa elegante se iba dibujando un país distinto: uno donde la deuda crecía como una sombra y el trabajo se volvía un recuerdo incómodo.
Ahí aparece José Alfredo Martínez de Hoz, por ejemplo, más cercano a un directorio que a un cuartel, pero igual de decisivo. O los nombres que circularon por oficinas donde el daño no dejaba marcas visibles, pero sí consecuencias que aún nos persiguen. No tenían olor a pólvora: olían a colonia cara. No empuñaban armas: firmaban decretos.
Tal vez por eso duele más. Porque el mal no siempre entra pateando la puerta. A veces pide permiso, se sienta en el living y habla de orden, de futuro, de sacrificios necesarios. Y mientras tanto, en otro lado, alguien desaparece.
Es cómodo pensar que todo fue obra de unos pocos uniformados desquiciados. Más incómodo es aceptar que hubo una trama más amplia, más prolija, más difícil de señalar con el dedo. Una red donde el poder económico y el terror caminaron juntos, sin pisarse, como viejos socios.
Por eso la memoria, si quiere ser justa, tiene que ser completa. No alcanza con recordar el ruido de las botas. Hay que recordar también el silencio de las oficinas.
El 24 de marzo no es solo una fecha: es una advertencia. Para que no nos vendan nunca más, con palabras elegantes, aquello que termina pagándose con ausencias.
Memoria, verdad y justicia. No como consigna, sino como una forma de no perdernos otra vez.

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