Por Juan Carlos Mezzelani

Hay algo que nos vendieron mal. Muy mal. Que el siglo XIX era gente seria, acartonada, de retrato en óleo y mirada perdida.

Como si no hubieran tenido sangre, ni deseo, ni ganas de romper todo. Pero no. En 1810 también había skaters. No con tabla, claro, pero con esa misma pulsión de ir más rápido que la época. También había punks. No con cresta, pero con ideas que hacían ruido. Mucho ruido.

En esa Buenos Aires todavía sin WiFi, pero con más urgencia que señal, vivían dos que entendieron todo antes que todos: Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno.

Sí, ese Moreno. El del manual. El prócer. El del billete mental que todos tenemos guardado en algún cajón de la primaria.

Pero pará un poco. También era un tipo de veintipico. También se enamoraba. También escribía en paredes como cualquier pibe que no sabe bien qué hacer con lo que le pasa.

Y ahí aparece Guadalupe. Que no era “la mujer de”. Era la editora. La primera periodista.
La que se puso al frente de La Gazeta cuando todavía no existía eso de “ser periodista” como oficio cool. Lo hizo antes de que existiera la palabra cool, incluso.

Imaginate la escena. Moreno tirando la idea: “hagamos un diario que cambie todo”. Y ella, en vez de aplaudir desde atrás, se sienta en la cabecera. Editora en 1810. Sin hashtag. Sin bio de Instagram.

Después él se va. La revolución, viste.

Siempre hay algo más grande que te arranca de donde querés estar.

Y entonces escribe. En las paredes. Como si la ciudad fuera su WhatsApp. Pero Guadalupe no compra ese romanticismo de baldosa húmeda. Le contesta mejor. Mucho mejor: “No me escribas la pared. Quiero estar entre tu piel.”

Y ahí, sin saberlo, inventan una frase que más de un siglo después va a caer como una bomba suave en una canción del Flaco. Como si el tiempo fuera apenas un loop elegante.

Porque algunas cosas no cambian. El amor, por ejemplo. La urgencia. Esa necesidad de estar en otro lado cuando no podés.

Y entonces entendés todo. Que Moreno no era solo un cuadro. Que Guadalupe no era una nota al pie. Que en 1810 también había gente viviendo al límite de lo que sentía. Como vos.
Como yo.

Y que mientras algunos escribían la historia, otros —o los mismos— escribían para no perderse en ella.

Por eso cuando suena “Seguir viviendo sin tu amor”, no es solo una canción. Es una correspondencia que llegó tarde. O justo a tiempo.

Nada es casual. Nunca lo fue.

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