Por Luis Rivera
Hace goles con la facilidad con la que un chico junta figuritas. Rompe récords con la parsimonia con la que un cura da misa. Se convierte en estrella con la habitualidad con la que la mañana sucede a la noche. Agota palabras, elogios, comparaciones. Aniquila los lugares comunes con la eficacia de un francotirador experimentado. Lionel Andrés Messi escribe su vida en letras de oro desde hace veinte años y, como cantaba Gardel, veinte años no es nada: sigue siendo el dueño absoluto del fútbol mundial.
El Mundial 2026 aún no tomó temperatura y el 10 argentino ya es cómodamente el goleador del torneo, el jugador que más premios recibió como el mejor jugador del partido, rompió la mítica barrera de máximo goleador de la historia de los mundiales que estaba en poder del alemán Miroslav Klose y en su sexto Mundial (debutó hace 20 años en Alemania 2006) se roba todas las tapas periodísticas del mundo entero.
Pero si de récords se trata, tras la victoria ante Austria dejó los siguientes:
Máximo de goles en finales de la Copa Mundial de la FIFA por un jugador de fútbol: 18
Máximo de partidos de la Copa Mundial de la FIFA jugados por un individuo: 28
Máximo de partidos ganados por un jugador en la Copa Mundial de la FIFA de fútbol: 18
Máximo de minutos jugados en la Copa Mundial de la FIFA de fútbol: 2,489
La resiliencia de este fenómeno muestra su mejor versión cuando muchos ya lo pensaron retirado y disfrutando su fortuna junto a sus hijos en su mansión de Barcelona. A los 39 años, los cumple este miércoles 24, Messi parece estar en su mejor versión. Conocedor del juego como nadie, sabe qué hacer y cuándo hacerlo. Parece haber estado preparando esta despedida del gran escenario mundial con quirúrgica precisión: cuidó el físico y entrenó la mente. Y se lo ve con la madurez propia de las estrellas.
Como pasaba con Diego Maradona en su esplendor como jugador, cuesta decir algo que no se haya dicho, ahora de Messi, el heredero perfecto de Diego. El fútbol corre por sus venas (de Maradona se habla siempre en presente) como por las de ningún otro futbolista en el planeta. Y Lionel tiene la magia de una carrera más ordenada, de un juego que lo protegió mucho más y de un físico que siempre lució inmaculado.
Las comparaciones que vayan por cuenta de quien las quiera hacer. Ayer Diego, hoy Lionel, los dos mejores del mundo jugaron con la celeste y blanca.
Messi ha roto en estos dos partidos mundialistas todos los parámetros de análisis que pudieran haberse hecho.
Se decía que iba a llegar con el físico afectado por el paso del tiempo y corre, pelea y hasta recupera pelotas como nunca antes lo hizo en su trayectoria.
Se pontificaba que había ido de paseo a Estados Unidos a jugar en el Inter Miami y que eso afectaría su rendimiento: en apenas 180 minutos (por imperio del fútbol moderno debe hablarse de algunos más) ya dejó en claro que este presente messiano se parece bastante al esplendor de Qatar 2022.
Se afirmaba que quizás ya no tuviera el hambre de aquel jugador que lloró cuando perdió su segunda final de América consecutiva allá por 2016: diez años después sigue siendo el rey absoluto del universo futbolero y está dispuesto a lograr todo lo que esté a su alcance con la camiseta que más ama.
Ya no quedan palabras. Cuesta la originalidad con este monstruo. Cinco goles en dos partidos y pudieron haber sido, sin exagerar, tres o cuatro más. Y allí sí ya no habría más que decir. Quizás esa sea una excelente idea: dejar por un rato las explicaciones estériles y sentarse a ver a un futbolista que mantiene la pasión por el juego, la energía de la competencia y la voracidad por ganar.
De eso se trata, finalmente, de los grandes artistas: están para ser disfrutados. No perdamos más tiempo y sentémonos a vibrar con este tipo que se pone la 10 de Argentina y a cada momento inventa una obra maestra.
Estamos presenciando la historia.




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